La historia
En la punta de un acantilado, frente a un mar de olas grandes, había un faro. Lo cuidaba Isidro, un guardián que cada noche subía noventa y siete escalones para encender la luz. Llevaba treinta años haciéndolo.
Un día llegó una carta de la capital. Decía que los barcos ya tenían aparatos modernos para guiarse y que el faro había dejado de ser necesario. "Se apagará al terminar el año", concluía el documento. Isidro sintió un nudo en el pecho. Durante semanas se preguntó si su trabajo había servido de algo.
Aun así, siguió subiendo las escaleras cada noche. "Mientras esté encendido, lo cuido", se decía. Una noche de tormenta, cuando el viento aullaba y la lluvia golpeaba los cristales, vio una lucecita pequeña en el mar: una barca de pescadores. Habían perdido el motor y los aparatos modernos no funcionaban con la tormenta.
Isidro encendió la luz al máximo y comenzó a girar la lámpara a mano para que el haz se viera aún más. Los pescadores, desorientados, divisaron aquella luz y remaron hacia ella hasta llegar a la orilla, sanos y salvos. Al amanecer, uno de ellos subió hasta el faro y abrazó a Isidro sin decir nada.
La noticia llegó a la capital. El faro no se apagó ese año ni los siguientes. Quedó como símbolo de algo que no se mide con instrumentos: la presencia constante de quien está ahí cuando hace falta.
El faro siguió funcionando muchos años más. Isidro se jubiló y su lugar lo tomó una joven llamada Paloma, quien subía los noventa y siete escalones cada noche con la misma disciplina. En la pared de la sala del faro, colgaba la carta que anunciaba su cierre, enmarcada, con una nota al pie: "Cancelada por la noche del 14 de octubre".
Isidro, ya mayor, volvía a veces a visitarlo. Se sentaba al pie de la torre y miraba el mar. Había aprendido que la utilidad de una luz no depende de cuántas veces la miran, sino de las veces que alguien la necesita.
Lo que nos deja
A veces sentimos que lo que hacemos ya no vale. Que nuestro trabajo, nuestra labor en casa, nuestro apoyo a los demás pasa desapercibido. Que el mundo avanza y nadie voltea a ver lo que sostenemos en silencio.
Pero hay luces que se aprecian de verdad hasta que llega la noche. Las personas constantes, las que cumplen su tarea con amor, las que siempre están disponibles para escuchar, son faros para quienes las rodean, aunque no se lo digan a diario.
No necesitamos aplausos para saber que lo que hacemos importa. Pero tampoco está de más reconocer a quienes son faro en nuestra vida. Una palabra de gratitud a tiempo puede ser el mejor combustible para esa luz.
A veces la sociedad mide el valor de las cosas por su visibilidad. Pero en la vida hay labores que pasan inadvertidas, y cuando faltan, todos lo notan: quien cuida a un enfermo, quien mantiene la casa, quien acompaña a una persona mayor, quien responde el teléfono a medianoche. Reconocer esas luces es un acto de justicia y de cariño.
Moraleja
Tu luz importa aunque hoy nadie la mire: alguien la necesitará en su noche más oscura.
Para llevarlo a la práctica
- Haz una lista de las "luces" de tu vida: personas que sostienen sin hacer ruido.
- Escribe o llama hoy a una de ellas para decirle lo que significa para ti.
- Pregúntate qué haces tú que sea luz para otros y cuídalo, aunque no te lo reconozcan.
- Cuando te sientas desanimado, recuerda al faro: la noche más oscura es cuando más se necesita la luz.
Para pensarlo hoy
- ¿Qué hago yo que creo que nadie valora, pero que sostiene a otros?
- ¿A quién puedo agradecer hoy por haber sido su faro?
- ¿Qué haría diferente si supiera que mi constancia salva a alguien esta noche?
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