La historia

En un pueblo de calles empedradas vivía don Remigio, un carpintero que llevaba cuarenta años haciendo puertas, mesas y sillas. Todo lo que salía de su taller estaba perfectamente medido. La gente decía que sus puertas cerraban con un susurro.

Un día, doña Chole le encargó una puerta para su casa nueva. Don Remigio escogió con cuidado la mejor madera de su taller, pero al cepillarla se dio cuenta de que la tabla tenía una veta torcida que hacía que la puerta, una vez colocada, no cerrara del todo. Siempre quedaba una rendija delgada, apenas del grosor de un dedo.

Su aprendiz, un muchacho llamado Tomás, le dijo: "Maestro, tire esa tabla y haga otra. Esa puerta lo va a avergonzar". Don Remigio la miró un largo rato y respondió: "Ya veremos".

Colocó la puerta y se fue a casa pensando que doña Chole se quejaría. Pero a los pocos días, ella apareció en el taller con una canasta de tamales. "Don Remigio, no sabe cómo le agradezco la puerta. Cada mañana, a las siete, entra por esa rendija un rayito de sol que cae justo en mi mesa donde tomo el café. Es lo primero que veo al despertar".

Don Remigio sonrió y no dijo nada. Tomás, que estaba atrás, bajó la cabeza avergonzado. Aquella tabla "defectuosa" había hecho en esa casa lo que ninguna puerta perfecta habría logrado: dejar entrar la luz justo donde hacía falta.

Pasaron los años y Tomás se convirtió en maestro carpintero. En su taller colgó, junto a la puerta, un letrero pequeño que decía: "Antes de tirar, mire bien". Cuando algún aprendiz le llevaba una pieza torcida o con un nudo en la madera, Tomás la tomaba entre las manos y preguntaba: "¿Qué puede hacer esta pieza que ninguna otra puede?".

Muchas veces, la respuesta aparecía sola. Un nudo se volvía el centro de una mesa; una veta curva, el respaldo de una silla única. Y la puerta de doña Chole siguió en su lugar, con su rendija, hasta mucho tiempo después de que don Remigio ya no estaba.

Lo que nos deja

Nos pasamos buena parte de la vida tratando de ser perfectos. Queremos que todo salga bien a la primera, que nuestro cuerpo, nuestra casa, nuestro trabajo y hasta nuestra historia no tengan una sola grieta. Y cuando algo se tuerce, pensamos que hay que tirarlo y empezar de nuevo.

Pero muchas veces lo que consideramos un defecto es justamente lo que nos hace únicos. Una cicatriz cuenta una historia. Un error enseña. Una limitación nos obliga a buscar una solución creativa. Y esa rendija que nos incomoda puede ser el lugar por donde entre la luz que no sabíamos que necesitábamos.

Esto no significa que no debamos esforzarnos por hacer las cosas bien. Don Remigio siguió haciendo puertas impecables toda su vida. Significa que debemos aprender a mirar con calma antes de descartar, a preguntarnos qué puede surgir de aquello que no salió como esperábamos.

Piensa en tu propia historia. Quizá hay algo en tu carácter, en tu cuerpo o en tu pasado que durante años quisiste esconder. Tal vez justo eso es lo que te hace comprender a otros, lo que te vuelve sensible o lo que te hace más humano. Los defectos que aceptamos con cariño dejan de ser una vergüenza y se transforman en parte de nuestra manera de dar luz.

Moraleja

Lo imperfecto no siempre hay que arreglarlo: a veces es por donde entra la luz.

Para llevarlo a la práctica

  1. Escribe tres cosas de ti que consideres "defectos".
  2. Junto a cada una, anota algo bueno que te ha traído, aunque sea pequeño.
  3. Elige una y, durante esta semana, trátala con humor y ternura en lugar de criticarte.
  4. Comparte con alguien de confianza algo que antes te daba pena. Verás que muchas veces el otro responde: "A mí también me pasa".

Para pensarlo hoy

  • ¿Qué parte de mi vida considero un defecto y quizá me está dejando algo valioso?
  • ¿Con qué frecuencia me exijo perfección y me pierdo lo bueno que ya existe?
  • ¿A quién necesito mirar hoy con más paciencia, empezando por mí?

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